miércoles, 14 de septiembre de 2011

Un pedazo de América en Afganistán


Foto from blogs.elpais.com

Este es el Burger King de Camp Phoenix en Afganistán, con patio exterior

¿Qué hacen las 101.000 tropas norteamericanas destinadas en Afganistán para sentirse como en casa? Pedir una hamburguesa con patatas fritas o una pizza tamaño familiar. Allí donde va el ejército norteamericano, va la comida rápida. Y recientemente, en esta base desde la que se controla la seguridad de Kabul, han abierto un Burger King y un Pizza Hut. Además, sirven a domicilio a los barracones. "You ring, we deliver" ("Nos llamas, te lo traemos", dice su anuncio, ubicuo en la base). Los precios son bastante similares a los que se ven en cualquier ciudad norteamericana.
Para los amantes de café ‘gourmet’, encima del colmado (Point Exchange, o PX, como se le llama en jerga castrense) está la versión militar de Starbucks, Green Beans. Sirven todo lo que hay en un Starbucks normal: lattes con vainilla, capuchinos y chais. El precio también es norteamericano: entre tres y cinco dólares por bebida (un euro vale hoy 1'36 dólares). El lema de la tienda, muy patriota: “Honor primero, café después”.
La imagen que veo en este café a diario no es tan distinta de la de cualquier Starbucks en EE UU. Estos soldados, que no suelen superar los 25 años, son unos expertos en nuevas tecnologías y acuden aquí con sus Kindles e iPads a leer libros (los temas militares y de fantasía y ciencia ficción son los favoritos) y a navegar por la Red. Por la noche, y dada la diferencia horaria (ocho horas y media respecto a la costa este, Washington y Nueva York), suelen hablar con sus familiares vía Skype. En Patriot Square, el centro neurálgico de este campamento, hay Internet inalámbrico gratis.
Para estar en Kabul, la señal de Internet es aceptable. No permite hacer maravillas, las fotos tardan varios minutos en cargarse y una llamada a través de Skype se corta con frecuencia. Pero al fin y al cabo, estamos en zona de guerra, en una de las áreas más depauperadas de Kabul. Tener Internet es, en sí, un lujo. Cuesta 10 dólares (unos siete euros) por cada 10 horas de navegación. Aceptable para los soldados, según ellos mismos me cuentan.
Hasta aquí llegan también correos y Fedex, la empresa de paquetería. Cada mañana, el camión del reparto pasa por los barracones, cargado con cajas de Amazon. Los soldados ya no acuden tanto al PX, donde sólo compran cosas básicas como champú o pilas. El resto, lo adquieren online.
Eso sí: las películas son de procedencia afgana. Aquí no hay muchas leyes de propiedad intelectual y en las tres tiendas de DVD que hay, se puede encontrar hasta la película que se estrenó ayer en EE UU. Hoy me he encontrado con Green Lantern, The Help y Rise of the Planet of the Apes. Creo que las tres aun están en cartel en EE UU. Valen dos dólares (algo más de un euro) cada una.
El gimnasio es tamaño americano. Es decir: enorme. Es el único sitio donde los soldados deben dejar el arma afuera. (Sí, se hace raro cenar en el comedor con coroneles y sargentos que, mientras te hablan, tienen entre las piernas un rifle). En algunos puntos de la base hay pantallas de plasma con todos los canales posibles, desde ESPN (deportes) a ABC o Fox News. Una vez a la semana tienen cine. Hoy están proyectando -sobre un panel de madera pintado de blanco- una de Nicolas Cage.
La base está literalmente repleta de grandes contenedores con botellas de agua. La marca más usada es Kinley, propiedad de Coca-Cola. A cada esquina hay letrinas con desinfectante líquido (marca Purrell, la más conocida en EE UU) que los soldados usan con frecuencia.
Por un instante, uno olvida que está en Afganistán. Sólo por un instante. Luego suenan las explosiones en el campo de pruebas, despegan los helicópteros y, más allá de las barricadas se ve la pobreza de las escombreras y los cementerios improvisados de la carretera a Jalalabad. A pesar del intento, este pedazo de EE UU en Afganistán es más bien cartón piedra.
Por: David Alandete  (Desde Camp Phoenix, Kabul)  from blogs.elpais.com  12/09/2011

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