lunes, 17 de marzo de 2014

¿Está usted tan contento como dice su emoticono?

 

Cada vez se usan más signos para explicar por móvil alegrías, sorpresa, disgustos, estupefacción

Ayudan a expresar emociones en poco espacio, pero su abuso puede llegar a confundir

 
Los teléfonos gritan. Están llenos de emoticonos y de signos. Las palabras no bastan. Como si ahora escribiéramos aquí: “¡¡¡¡¡¡Estoy escribiendo un reportaje para Vida&Artes!!!!!!”, en lugar de escribir tranquilamente: “Estoy escribiendo un reportaje para Vida&Artes”. La interjección ha tomado el mando, y el emoticono es una imagen que vale más que mil palabras.
 
El acceso a los emoticonos y a los signos que ahora constituyen el lenguaje universal de los afectos en los móviles es tan universal como el guiño de ojos o cualquier forma muda de saludo: no requiere otra cosa que la evidencia del gesto. Si ahora escribo aquí :-( —dos puntos, guion medio y el signo de entrada del paréntesis—, todo el mundo sabrá que estoy enfadado. Pero si escribo, por ejemplo, esos dos puntos de toda la vida, el guion y concluyo la expresión añadiendo el tradicional cierre de paréntesis lograré que la máquina represente lo que todo el mundo entiende a simple vista: es decir, sonrío.
 
Los emoticonos son los reyes del móvil ahora, tanto en WhatsApp como en SMS; pero las interjecciones de toda la vida y los restantes signos que están al frente del ordenador ocupan un lugar relevante en la transmisión veloz de los sentimientos. ¿Dicen, en efecto, lo que queremos que digan? ¿Un número infinito de interjecciones amparando el “Te quiero” de toda la vida afirma el amor, lo prolonga, lo asegura? ¿Es más sí la respuesta afirmativa si se lee así: ¡¡¡¡¡¡¡Sí!!!!? ¿Y estamos más seguros de que el otro sonríe si además de respondernos lo hace con una cara que muestra una sonrisa, un beso o un tipo que no para de reír? Estamos rodeados de interjecciones y de risas, de onomatopeyas y de otros ruidos ortográficos, de redondeles satisfechos. Pero ¿eso es mejor que susurrar, por ejemplo? ¿El emoticono es ya parte de la expresión contemporánea, como el saludo con las manos o el guiño de ojos?
 
Primero le hemos preguntado a quien se declara lego en la materia, el novelista Fernando Marías. Él confiesa que es “de los que escriben matizadas letanías anticuadas por el móvil”. Con respecto al uso y al abuso de los emoticonos y de otros signos expresivos y a la posibilidad de que nos ayuden a expresar cómo queremos o no queremos, tiene esto que decir:
 
— “No uso emoticonos, ni siquiera sé cómo se suman al mensaje. Desde hace tiempo, cuando recibo un mensaje con emoticono hago como que no lo veo, porque me puede llevar segundos y hasta paranoias interpretarlo, teniendo en cuenta además que apenas se ve más que una diminuta mancha de color. Entiendo el emoticono amarillo sonriente, pero ese otro que es una especie de diablo azul, ¿qué significa? Para mí, suman imprecisión al mensaje. En cuanto a los signos, es otra cosa más curiosa de observar. Cuando mando, por ejemplo, ese mensaje que dice “quedamos a comer a las 14.00 en lugar de las 14.15” y te responden “¡¡¡sí!!!”, ¿cuál es la causa de esa eclosión de euforia? ¿La alegría por verme un cuarto de hora antes? ¿Algo jubiloso que le ha ocurrido a la persona que contesta justo a la vez que le entraba ese mensaje? Me resulta curioso, creo que hemos adoptado sin darnos cuenta ciertas claves del lenguaje del cómic, que utiliza el tamaño de las letras y los signos de los bocadillos de diálogo como matices de expresión”.
 
¿Y enriquece o empobrece esta abundancia? Dice Fernando Marías: “Creo que no se llega a ninguno de los dos extremos... Los SMS, WhatsApp, Tuenti, Twitter, etcétera, son de consumo veloz; se emiten y en el acto son pasado. Yo ya he conseguido verlos como una simple mancha inocua en el mensaje; me generan indiferencia. Aunque me divierte la idea de que la CIA pueda tener un departamento dedicado a interpretar los emoticonos de los billones de mensajes que, al parecer, espían y archivan”.
 
María Docavo Alberti, que está a punto de publicar un libro sobre el miedo y que es diplomada en Pedagogía Práctica y quinesióloga especialista en bloqueo emocional y miedos, cree que los emoticonos de hoy representan un lenguaje visual y emocional de un calado similar al que tenían las caligrafías de signos mayas y chinas, o como algunos jeroglíficos egipcios. Representan afectos, situaciones emocionales, y son directos, no necesitan más palabras. Pero ¿esos énfasis de ahora significan que la gente teme que el otro no entienda que lo quiere o que lo aprueba? Es que son mensajes cortos, dice María Docavo Alberti, “y deben enfatizarse con signos por la falta de palabras... Son signos que en nuestro idioma no se perciben como en otras lenguas, en las que el símbolo expresa hasta los sonidos, como ocurre en las culturas maya, egipcia o china…”.
 
“Es un lenguaje corto, expresivo, emocional y fácil. Tiene, claro, sus pros y sus contras, pues se puede manipular, igual que se pueden manipular las palabras y las letras. Es una llamada de atención, y una manera también de propiciar determinada respuesta... Si reclamas atención, utilizas las exclamaciones. Y si tu comunicación es profesional, tienes que elegir bien los emoticonos... Desde la antigüedad se han expresado las emociones con signos. Y si te tienes que disculpar, también hay signos visuales cuyo contenido se advierte en seguida: son más fáciles de captar que un montón de palabras”.
 
De esa manera, dice, se comunica la compasión, la solidaridad, y así se amplía el alcance de un mensaje limitado. Sin palabras se pueden decir millones de palabras. ¿Ha cambiado, pues, la preponderancia de la palabra? Cristina Peñamarín, catedrática de Teoría de la Información en la Universidad Complutense de Madrid y especialista en Semiótica, cree que “lo que se ve en los mensajes rápidos es un cambio en la forma de las palabras. Por ejemplo, dicen ‘hasta luegooooo’ o dicen ‘nos vemooooos’ y lo que hacen es transformar la oralidad en escritura. Esto da de sí una nueva oralidad en forma escrita”. ¿Enriquece? “Cambia, sin duda, la expresión; de hecho, la lengua está cambiando a una velocidad fantástica, y de hecho los diccionarios están dando evidencia de ello. El de la Academia Francesa se ha enriquecido en 35.000 palabras, ¡35.000!, en su última edición, y por el estilo debe pasar en España”.
 
¿Y hablan además de escribirse? “Claro, están en entornos virtuales, pero están con otros, pegados al telefonino pero compartiendo vivencias y conversaciones; no viven separados de su entorno, combinan el hecho de estar enviando mensajes virtuales y el hecho de vivir con otros”. ¿Puede tanto signo de admiración o tanto dibujo afectivo estar abaratando la expresión de los sentimientos? “Desde luego”, dice Peñamarín, “estamos en una sociedad que está cambiando, y cambian el cuerpo y cambia la mente. Por ejemplo, están cambiando algunas pertenencias, a la nación, al país, y están surgiendo nuevos vínculos afectivos y de todo tipo (profesionales, comerciales...), de modo que puedes tener online, por chat o por WhatsApp o en la nube, charlas o relaciones que antes nunca hubieras tenido en entornos a los que jamás habías accedido”. El emoticono, por tanto, rompe también fronteras; el afecto que se muestra en este tipo de mensajes a veces tiene como destinatario, dice el músico Alejo Stivel, usuario muy frecuente de WhatsApp, “a personas a las que dices querer pero a las que nunca en la vida vas a ver”.
 
A este respecto dice Cristina Peñamarín: “Lo que se advierte es que las redes interpersonales se potencian ahora con las redes virtuales y viceversa; la gente puede entrar en conexión por el entorno, por el ambiente, por algo que esté ocurriendo, y establece relaciones hasta con aquellos a los que no verá jamás. Piensa en el 15-M, en la Primavera Árabe... Esa gente se juntaba porque se quería ver para un efecto determinado, nunca se había visto antes, a lo mejor no se vería otra vez”.
 
Laura Franch, directora de Comunicación de Planeta, trabaja con autores, un oficio que obliga a expresar con claridad y con frecuencia los afectos; dar ánimo a un autor no solo requiere palabras, sino signos. Emoticonos, por ejemplo. Ella los adjunta en su WhatsApp “por la rapidez, por economía, porque me permite contactar con varias personas a la vez, porque veo que lo han leído, y porque la respuesta es más inmediata que a través de correo electrónico o SMS y parece que más cercana. En realidad, para trabajo lo uso menos, pero sí facilita una proximidad o acercamiento que viene a ser una mezcla perfecta entre lo afectivo y lo laboral. Además, permite una gran facilidad para enviar imágenes”.
 
“Los emoticonos aportan cierta seguridad, sobre todo a la hora de sustituir el tono de voz: ironía, broma... Los muy amorosos al principio me sorprendían, pero ahora creo que se ven normales. Además, permiten expresar más de lo que se puede hacer con simples mensajes de texto, que pueden resultar impersonales y tal vez ser mal interpretados. Son un tipo de escudo útil a veces. En principio, dan un toque personal a la conversación. Facilitan el mensaje al comunicar estados de ánimo, pero no se debe abusar de ellos. Personalmente hay emoticonos que nunca uso. Y, en cuanto a seguridad, creo que se la da a las dos partes”.
 
¿Y no esconderá tanta expresión de afecto la realidad de un afecto disminuido entre nosotros? Dice Laura Franch: “Yo diría que al contrario: es una forma más sencilla de remarcar los afectos. Te permite expresar sentimientos ‘de debilidad’, como la tristeza, sin tanto compromiso. Lo malo es que al generalizarse su uso para todo y para todos dejarán de tener significado. Se convertirán en un hasta luego. Y entonces decir te quiero con todas las letras volverá a ser importante”.
 
Juan Gómez Jurado, novelista, que los usa mucho, cree que “constituyen una forma de levantar el ánimo de la gente, le da a la escritura de mensajes un toque humano más particular, hace que la escritura no se limite a lo estático... Claro que el exceso anula la efectividad; así que en el término medio se hallará siempre la virtud. Me hizo mucha gracia lo que hizo el otro día el escritor Quim Monzó: puso un emoticono en un mensaje, dijo que era la primera vez que lo usaba en su vida y explicó que no se había sentido tan mal como había creído que se sentiría al usarlo. ¡Hay que colocar las cosas en su punto!” ¿Y cuál es el emoticono que usa con más agrado Juan Gómez Jurado? “El de la risa: XD”. ¿Y qué dice? “¿No lo ves? Entrecierra los ojos y emite una carcajada”. Ah. “Es que pones eso y lo entiende hasta un chino: es un lenguaje universal".
 
Mónica Carrillo, novelista a punto de publicar La luz de Candela, que tiene las relaciones por WhatsApp entre sus elementos narrativos, considera que lo que hay en este tipo de redes telefónicas es “un nuevo canal abierto de comunicación” en el que una sola interjección o una carcajada ya significan lo que estamos diciendo... “Pero, claro, uno no está carcajeándose todo el rato como parece deducirse de los mensajes actuales; es tan solo una manera de enfatizar una reacción. Pero es cierto que la abundancia termina creando un lenguaje absurdo. En cuanto a emoticonos, uso los que resaltan el sentido del humor: los dientes apretados, los guiños, los ojos abiertos de sorpresa. Con un solo emoticono desbaratas la frase anterior, si era excesiva o solemne. Y te permite aderezar la crítica con humor. Ah, y cuidar que esa escritura no disminuya la importancia de la escritura de verdad”.
 
Inma Chacón, novelista y poeta, usuaria habitual de estos lenguajes expresivos, lo entiende “como un código aparte, universal; fácil de entender y de utilizar; permite economizar el lenguaje. Podríamos expresar lo mismo con palabras, pero necesitaríamos más tiempo, y en algunos casos más reflexión, para que no haya equívocos con respecto al tono que queremos darle a la conversación”.
 
Mara Torres, que dirigió en la SER el programa Hablar por hablar, y además escribe novelas y presenta informativos (en La 2), tiene la palabra como sustento profesional y poético, de modo que los emoticonos, claro, no le bastan. “Los relaciono únicamente con la mensajería instantánea y las relaciones de confianza. Completan lo que intentamos expresar y, si están bien utilizados, pueden ser muy expresivos y graciosos. También pueden dar pie a interpretaciones erróneas, ¡y a ver cómo deshaces luego el entuerto! Alguien debería plantearse ya lo del diccionario de emoticonos...”.
 
¿Y por qué ya no basta con la palabra, Mara Torres? “Lo determinante es el medio en el que la emplees. No me imagino una novela llena de emoticonos, ni un poema. De modo que sí basta con la palabra en múltiples formatos. Pero en el lenguaje hablado las palabras no están solas sino que se combinan con la expresión, el tono, el movimiento de las manos, y las conversaciones con WhatsApp están a medio camino entre el lenguaje hablado y el lenguaje escrito, de ahí que se haya creado esta especie de lenguaje transgénico, que incorpora elementos de ambos”. A ella le gusta mucho el emoticono que solo tiene ojos y boca. Haciendo este reportaje aprendí este (:) y con él lo acabo.

 

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