domingo, 30 de marzo de 2014

Milán y Turín, ventanas al arte

Sala del Castello di Rivoli con obras de Vanessa Beecroft. / G. Simeone

 

Una iglesia iluminada por los neones de Dan Flavin, una villa con obras de James Turrell, la vieja fábrica de Fiat y un castillo convertido en museo de vanguardia.

En coche por el creativo norte de Italia


Uno va a Italia, en principio, a ver arte clásico y piedras antiguas: arqueología con pedigrí. Pero entre Milán y Turín muchos sitios nos recuerdan que también en el siglo pasado los italianos siguieron con su tradición de artistas excelentes (y mecenas rumbosos). Y su arqueología industrial del XX, reciclada para servir de contenedor al arte contemporáneo, da forma a un paisaje con memoria que a lo mejor anuncia ya los coliseos del futuro.
 

Chiesa Rossa

Porque los tubos de neón, como las polaroids, como los vinilos y las bombillas, van volviéndose fósiles de la arqueología reciente: en realidad cuanto más recientes, es curioso, más obsoletos parecen. Cada vez los fabrican en menos sitios, y eso vuelve más frágil y a lo mejor más interesante aún la obra de Dan Flavin, que desde los años sesenta construyó con ellos esculturas de pura luz y ambientes que van de lo fantasmagórico a lo sublime: fue quizá el último de los grandes románticos contemporáneos, y desde su muerte en 1996 (a los 63 años) su reputación y su leyenda crecen al mismo ritmo al que encogen las posibilidades de reponer los neones coloreados que van caducando en sus piezas.
 
Para ver su ultimísima obra, que acabó pocos días antes de morir, uno tiene que viajar a un lugar inesperado: el suburbio milanés de Chiesa Rossa, un barrio que fue obrero en su día y que hoy revive con la inmigración africana. Creció en los años treinta al calor del éxodo rural y la industrialización por la vía rápida de la Lombardía de entreguerras. En 1932 se construyó allá la parroquia de Santa María Annunciata en el estilo clásico-fascista que hacía furor: tan recta, austera y gélida como puede serlo Milán en sus días más antipáticos. Hubo que esperar 60 años para que don Giulio Greco, un párroco culto, iluminado (nunca mejor dicho) y admirador de Flavin, se animara de buenas a primeras a mandarle una carta. Le propuso crear un ambiente lumínico para el interior de la iglesia, que resucitara sus naves en pleno rigor mortis y encendiera a unos feligreses cada vez más apagados.
 
Y como pasa a veces, la pura carambola fue la mejor estrategia. Flavin nunca se declaró creyente, pero el proyecto le resultó simpático: había estudiado en el seminario jesuita de Douglastown, en Nueva York, y conocía bien Milán. Estaba ya muy enfermo, y a lo mejor adivinó que dejaría en el barrio obrero su última obra: se le mandaron fotos y planos, se construyó una maqueta de madera con la que trabajar, y don Giulio recibió el proyecto firmado del artista solo unos días antes de morir.
La Fundación Prada pagó la obra, y desde 1997 allá luce, literalmente, durante las horas en que la iglesia está abierta. Lo mejor es acercarse al anochecer, cuando los neones rosas, azules y dorados dejan escapar un fulgor casi sobrenatural por los ventanales y transfiguran esa esquina anodina del Milán industrial. Dentro parece palpitar ese “espacio vivo” que don Greco pedía a Flavin en su carta: la nave desangelada, la bóveda altísima y el altar mayor recuperan proporciones humanas y respiran a la luz irreal que las desfleca en espacios difuminados. El brillo dorado o añil llega de los neones escondidos por un artista en última madurez: ni siquiera necesitó ver el espacio real para abarcarlo mentalmente desde la otra punta del planeta y calcular (y acertar) cómo conseguir un máximo efecto con medios mínimos.
 

Villa Panza

Si Flavin conocía bien Milán fue gracias a la hospitalidad y el entusiasmo de unos coleccionistas míticos: Giuseppe y Giovanna Panza di Biumo, quienes justo el año en que acabó su obra final donaban su villa legendaria en Varese al FAI. El Fondo Ambiente Italiano es una institución civil parecida al National Trust inglés: se apoya en suscripciones y donaciones para conservar el patrimonio cultural infinito del país, y nos vendría muy bien en España, siempre flojos en organización cívica al margen del Estado. De eso, tanto como de coleccionismo y mecenazgo entendido como retribución a la sociedad y no solo especulación o juego de prestigio, se puede aprender mucho de los italianos... y de los Panza, familia de industriales que dedicaron mucho dinero y 40 años de trabajo, viajes y estudio a crear una de las colecciones de arte más articuladas y personales del siglo XX.
 
Los mayores de 40 la recordarán como uno de los grandes hitos de las exposiciones de un Reina Sofía recién inaugurado, y en su momento pareció que podrían haberse quedado aquí parte de los fondos. Al final han acabado repartidos entre el Guggenheim de Nueva York y la propia Villa Panza.
 
Varese está ya al pie de los Alpes y casi pisando la frontera suiza. Se llega en tren desde Milán en media hora larga, pero conviene viajar temprano porque una vez dentro de la villa todo está pensado para perder la noción del tiempo (y del espacio) con mucha facilidad y se pasen muchas horas sin sentir: los tiempos históricos se mezclan, y las obras de arte total que contiene son verdaderos ambientes pensados para ser penetrados y casi habitados por un espectador convertido en una especie de viajero inmóvil por los espacios que construyeron artistas como Flavin, James Turrell, Robert Irwin o Maria Nordman.
 
La villa se había construido para el marqués Paolo Menafoglio a mediados del XVIII como un lugar de recreo y jardín de delicias, y lo prueba el espléndido jardín italiano sobre el valle de Biumo, los túneles de verdura, las caballerizas y salones para paseos a caballo y noches de cartas y baile, los espejos de agua y las terrazas a las que se abren unas salas que en verano permitían jugar con el dentro y el fuera, las luces y las sombras de las tardes de verano.
 
Algo de esa tradición barroca fue lo que quiso recuperar el matrimonio Panza cuando a partir de los sesenta decidió alojar en ella parte de su colección. Los salones y cuartos de la zona noble se conservan tal como ellos quisieron. Una mezcla sobria y elegante de muebles históricos, arte africano y luz entrando a raudales por las ventanas para iluminar sus grandes cuadros monocromos.
 
Pronto el ala noble se les quedó pequeña. A finales de los sesenta los Panza viajaron a Los Ángeles y se entusiasmaron con la obra de James Turrell y otros artistas californianos que empezaban a jugar con la luz y el espacio en obras inmateriales de lo que pronto se llamó Ambient Art. Después de visitar el Mendota Hotel californiano, que Turrell había ocupado para crear obras de luz en sus habitaciones, los Panza le invitaron a viajar a Varese, instalarse en la villa y crear para ellos obras in situ. Poco a poco, él y otros fueron ocupando todo el “ala de los rústicos”, con sus almacenes, sus caballerizas y sus pasillos de servicio.
 
Solo allí pueden verse obras míticas de Turrell como el Sky Window de 1976, que abre una media luna invertida al final de uno de los corredores para iluminarlo con luz natural casi mística: conforme el día avanza, el pasillo pasa del azul al naranja, del violeta al negro profundo, y crea un ambiente fantasmagórico y poderoso. Por algo Turrell insistía en que muchas de las noches que pasó a solas en la villa disfrutó de la compañía espectral del marqués Menafoglio, que caminaba sin ruido por las salas desiertas.
 
Disfrutando de la carta blanca que le dieron los Panza, Turrell arrebató el techo a una de las habitaciones para crear su famoso Sky Space I: el visitante llega a la sala desnuda y sin ventanas y contempla el rectángulo de cielo sobre su cabeza hasta que el cuadrado azul parece flotar, inmaterial y casi palpable, a pocos centímetros de su cabeza. Y durante todo este año está instalado allá uno de sus famosos Ganzfeld, espacios lumínicos totales que el visitante penetra tras calzarse unos patucos y recibir instrucciones levemente amenazadoras de la vigilante, que avisa del peligro de desorientación y exhorta a resistir la tentación de aproximarse demasiado hacia la fuente de luz: toda una experiencia entre lo teatral y lo artístico que es lo más parecido que uno puede imaginarse a un parque de atracciones sensorial y a una montaña rusa de vértigos inmóviles.
 
También Dan Flavin dejó allí su mayor conjunto de instalaciones permanentes. Entre otras, su famosísimo Varese Corridor, que flanquea de tubos de neón verdes, amarillos y rosas a media altura otro de los grandes pasillos de servicio: las luces alteran las dimensiones y hasta el tiempo, porque recorrerlo se vuelve una especie de viaje a través de un espacio más allá del espacio y del tiempo normales. O su Monumento a los que murieron en emboscadas, que sirve de recuerdo a su hermano muerto en Vietnam y que transforma sobrecogedoramente, con sus cruces de neones rojos, la gran sala desnuda donde está instalado.
 
La sucesión de salas transformadas en esculturas de luz llevan hacia el trabajo de otros artistas que trabajaron con materiales igualmente esquivos. Michael Brewster crea una escultura de sonido en su Aeroplane, dentro de una gran sala que se oscurece de pronto y se llena del sonido amenazador de un avión en vuelo cuando el visitante aprieta, desprevenido, el gran botón rojo situado en el centro de la pared. Por su parte, la alemana Maria Nordman eligió trabajar con la oscuridad, más que con la luz, y la estancia en su Varese Room es una experiencia difícil de olvidar: la oscuridad total envuelve a quien entra y se siente perdido hasta que muy lentamente los ojos empiezan a distinguir dos ranuras de luz provenientes del exterior. Al salir uno no sabe si ha entrado en una obra o si más bien es la obra la que entró en uno y se la lleva consigo.
 

El Lingotto

Durante todo el siglo XX Turín se disputó con Milán el papel de motor de la vanguardia del arte y la arquitectura. Y en las afueras de la ciudad está lo que muy bien podría ser la versión contemporánea del coliseo romano: la fábrica de la Fiat, que levantó allá a partir de 1918 el joven arquitecto Giacomo Matté-Truco. El círculo del anfiteatro clásico se convertía en un óvalo gigantesco de más de un kilómetro de largo: durante un tiempo fue el mayor edificio de Europa. Le Corbusier lo consideró inmediatamente “una guía a seguir”, y la fábrica revolucionó la arquitectura industrial y el urbanismo del XX con sus soluciones futuristas e inteligentes: la materia prima entraba por las gigantescas aberturas a ras de calle y se iba transformando en coches acabados a medida que subían en espiral por las rampas inmensas en los extremos del edificio. El resultado final aparecía en la azotea inmensa, donde estaba el circuito de pruebas con sus curvas peraltadas y esperaba el piloto encargado de dar al coche una vuelta completa y comprobar su funcionamiento.
 
El Lingotto, sin exagerar, cambió la historia de Turín, de Italia y de Europa: allá se fabricó el famoso Fiat Topolino (que fue a Italia lo que nuestro seiscientos patrio), y desde allá la Fiat y la familia propietaria, los Agnelli, rigieron los destinos del país antes y después de la guerra.
 
Cuando en 1982 cerró la fábrica, Renzo Piano se encargó de aplicar allá la experiencia adquirida con el Pompidou de París para transformarlo en un gigantesco centro comercial y cultural rodeado de jardines geométricos. Se ocupó de todos los detalles, ajardinó los inmensos patios, intervino con códigos de color y estructuras visibles similares a las de Beaubourg y hasta se autocitó en unas papeleras estupendas que recuerdan en miniatura los tubos de ventilación gigantes del museo de París. En el Lingotto caben un centro comercial más bien anodino, hoteles, gimnasios y restaurantes. Y en el Scrigno (literalmente, joyero) que Piano posó como una nave espacial sobre el techo del Lingotto está, claro, la Pinacoteca Agnelli, con la estimable colección de arte de la familia y un programa interesante de exposiciones contemporáneas.
 
Lo más impresionante es ascender a pie lentamente por una de sus majestuosas rampas en espiral hasta subir a la azotea: el circuito de carreras sigue intacto, y su poderosa horizontal infinita se ve replicada, casi al alcance de la mano, por la línea quebrada de los Alpes nevados en el horizonte: una de las experiencias arquitectónicas más memorables del siglo, y un edificio a la altura de la nobleza y la sobriedad poderosa de la mejor arquitectura producida en Italia.
 
Porque Turín sigue compitiendo por el título de capital contemporánea de Italia, y merece la pena explorar su periferia industrial para encontrarse con dos espacios que reaprovechan edificios de su pasado reciente y dan fe de su capacidad para acelerar cuando toca y adaptarse al cambio de marchas de los tiempos: en el Borgo San Paolo, lleno de almacenes y antiguas fábricas que recuerdan casi un Chelsea a la europea, está la Fundación Mario Merz, que desde 2005 reúne la obra de uno de los grandes del arte povera en lo que fue la factoría de Lancia: el impresionante espacio diáfano de los años treinta es también un hito de la memoria de la ciudad, y viene que ni pintado para los famosos iglús que fueron seña del estilo de Merz y para las exposiciones temporales de arte reciente. Y a 10 minutos a pie está una fundación privada, la Sandretto di Re Rebaudengo, nombre sonoro de otra de las colecciones de arte contemporáneo más completas de Europa. En el edificio austero y hermético se esconde una programación que se ocupa de producir obra y difundir el trabajo de artistas de todo el mundo en plena carrera.
 
Y tras la excursión milanesa a Varese cuesta menos lanzarse hasta el Castello di Rivoli, a media hora del centro de Turín. Fue parte del cinturón de residencias reales de los Saboya que diseñó Juvara (primer arquitecto también del Palacio Real de Madrid) en el XVIII, y desde los ochenta, tras una restauración impecable que respetó su aire imponente y a medias arruinado, acoge el centro público de arte contemporáneo más interesante de Italia y uno de los de referencia en su género en toda Europa, con una programación de exposiciones temporales de primer nivel. Porque ni el hermoso centro histórico barroco es todo lo que ofrece Turín, ni el siglo XX italiano se agotó en el Lingotto.


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